La vieja Europa se sigue llenando de población anciana. Los jóvenes nos volvemos viejos y los viejos nos volvemos eternos. Así estamos convirtiéndonos en una Unión Europea de mujeres y hombres pensionistas que temen que sus pensiones de jubilación peligren porque el recambio generacional es muy pobre.
Según las proyecciones demográficas de Eurostat, los jubilados tendrán un peso cada vez mayor en la sociedad europea durante las próximas décadas. En la actualidad, la Unión Europea cuenta con alrededor de 450 millones de habitantes, de los cuales aproximadamente el 20 % —unos 90 millones de personas— tiene 65 años o más. A finales de siglo, este grupo representará cerca del 31 % de la población, lo que supondrá en torno a 130 millones de mayores, pese a que la población total se reducirá hasta situarse en torno a los 420 millones de habitantes.
El envejecimiento será especialmente visible en la relación entre las personas jubiladas y la población en edad de trabajar. Actualmente, por cada 100 personas de entre 15 y 64 años hay alrededor de 34 mayores de 65 años. Las estimaciones apuntan a que esta tasa de dependencia alcanzará cerca de 60 personas mayores por cada 100 trabajadores en 2100, lo que equivale a pasar de algo más de tres personas en edad laboral por cada jubilado a menos de dos. En términos relativos, se trata de un incremento cercano al 75% en la tasa de dependencia durante el siglo.
Esta evolución responde a dos tendencias simultáneas. Por un lado, la esperanza de vida continúa aumentando gracias a los avances sanitarios y a la mejora de las condiciones de vida. Por otro, la natalidad permanece en niveles históricamente bajos desde hace décadas, lo que reduce el tamaño de las nuevas generaciones. Como consecuencia, la población en edad de trabajar pasará de representar aproximadamente el 65% del total en 2019 a alrededor del 55% en 2100, mientras que el porcentaje de mayores de 65 años crecerá once puntos porcentuales en ese mismo periodo.
El cambio demográfico tendrá importantes repercusiones económicas y sociales. Un menor número de trabajadores deberá sostener un volumen creciente de pensionistas, lo que incrementará la presión sobre los sistemas públicos de pensiones, la sanidad y los servicios de atención a la dependencia. Al mismo tiempo, aumentará la demanda de profesionales especializados en cuidados y de soluciones adaptadas a una población cada vez más envejecida, impulsando sectores como la denominada economía plateada.
Ante este escenario, las instituciones europeas y los gobiernos nacionales deberán adaptar sus políticas para garantizar la sostenibilidad del Estado del bienestar. Entre las principales medidas figuran el impulso a la natalidad, el fomento del envejecimiento activo, la prolongación voluntaria de la vida laboral, el aumento de la productividad y una gestión eficaz de la inmigración. De no producirse cambios significativos en estas variables, Europa afrontará a finales de siglo una estructura demográfica inédita, con una proporción de jubilados prácticamente doble respecto a la población activa en comparación con la registrada al comienzo del siglo XXI.
Esta humilde economista ve con preocupación este escenario. Una Europa que apuesta solo por la inmigración para paliar la falta de mano de obra autóctona nos preocupa. Los países europeos están olvidándose de la inversión en capital. Se necesita robotizar los trabajos repetitivos y duros del sector primario. Ganaríamos todos con la robotización porque se incrementaría la productividad, se bajaría el coste que supone para los Estados las bajas de los trabajadores y trabajadoras y aumentaría el número de personas interesadas en realizar trabajos que a día de hoy no son precisamente demandados a causa de su dureza. Hablemos de tareas en cocinas industriales, limpieza de grandes edificios, trabajos en la construcción e incluso esas tareas de cuidados a mayores basadas en el esfuerzo físico de la cuidadora o cuidador.
Pero la clase política no piensa en inversiones en bienes de equipo que hagan más fáciles las duras tareas al trabajador o trabajadora. Las políticas y políticos de la Unión Europea están sentados en sus poltronas sin saber lo que es un dolor de espalda tras pasar 8 horas al día moviendo carros con bandejas de comida. No saben tampoco los políticos y políticas lo que es echarse al hombro un saco de cemento. Nunca han movido un palé con mercancía en un supermercado. Tampoco han aguantado la presión psicológica de una cinta de montaje de bandejas en una cocina industrial de hospital. Y mucho menos han movido a una persona encamada sin tener a mano una grúa.
Así nos va.
Y así dejamos que nos vaya.
ECONOMISTA
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